A estas alturas, y cada vez más cercanos a las elecciones, la red y las calles tenderán a ser un rosario de rumores y versiones no confirmadas. Aparecerán muchísimos primos de ahijados de cuñados que trabajan cerca de fulano que es familia del comandante tal que sabe tal y cual cosa. Porque claro, nos encanta un chisme político, sobre todo si llena nuestras expectativas de triunfo, y estas son páginas personales que responden a su dueño. Pero mucho cuidado si quiere hacer periodismo ciudadano.
Haga lo siguiente: si de verdad pensaba postearlo, tenga la bondad de advertirnos al resto de la blogosfera lo que es: “esto es un rumor que escuché de esta forma”. No intente fabricar un camaleón o montar una olla. Trate, aunque será difícil, de no hacerle el juego a los intereses de gente que se beneficia de la confusión.
Usted no sabe si en la red alguien le confirmará ¿quién sabe? O es desmentido de inmediato por una fuente privilegiada, en cuyo caso todos nos enteraremos rápido. Así al menos, si resulta mentira, usted se habrá cubierto las espaldas con ese aviso de “rumor” y no queda como el propio propagandista agorero ante la comunidad.
Déjele ese mal papel a los políticos, a los anónimos y los periodistas bobos.
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De este término político me había abstenido por la presencia de señoritas decentes, recién divorciad@s, chamos prepúberes y alumn@s jóvenes de la universidad, eso sin contar a las viejas chismosas de condominios blogs.
Hablar de los masturbadores como fenómeno del corrillo político venezolano no es hacer una más de las miles de referencias a la adulancia, al jalabolismo, como le decimos aquí. A las loas y al rastrerismo cómplice en la microfísica
del poder. -Aunque tras el signo pueda contenerse también ese significado-.
Los masturbadores de hoy son los mismos de 2002. Son los mismos que descubrieron la calle como espacio de participación barata, efectista en lo simbólico, masiva y de dividendos de exposición pública y reconocimiento social. Los mismos que convirtieron el acto movilizador en argumento de medición de fuerzas.
¿Para dónde va este texto? Para el sentido que lo lleve la marcha. O mejor dicho, porque los marchistas no son culpables, para el terrenito que los especuladores de cifras y bultos quieran llevar el trabajo. Es absurdo que cada vez que el chavismo o la oposición convoquen una marcha las conclusiones masturbadoras sean las de siempre: esto fue satisfactorio, superamos las expectativas, una muestra de civismo, una demostración del pueblo en la calle… y cuanto discurso de cuartilla hayan aprendido los dos o tres voceros de siempre. Rojos y azules o amarillos o negros. Con periodistas que asienten y ya.
Acto seguido, el masturbador regala cifras. Se envían a domicilio si lo desea. Mande un mensaje de texto y le responderemos la cantidad de gente que fue a la concentración de su preferencia. Pudieron ser 700 mil los que marcharon este sábado junto a Rosales, como dijo su propio comité organizador. Pudieron ser 30 mil, como dijo un calienta micrófonos en el canal del Estado en los cinco minutos de minimización de noticias opositoras en el canal de todos los venezolanos.
Pudieron ser los que sea porque nadie mide y las fotografías resultan intencionales, más self service que un sancocho de domingo. El número concreto pocas veces se estima porque a nadie le ha interesado sincerar las cosas, porque a ningún medio le ha interesado un relato cercano a la precisión.
Recordé todo esto de los masturbadores, los que suman o restan turba a las marchas que recorren el país, primero porque mucho material de estudio me ha regresado en espacio y tiempo a la época de altísima polarización y grosería mediática como fue 2002, y segundo porque en España llevan ya bastante tiempo desmintiendo titulares y versiones partidistas con el Manifestómetro, que trabaja con variables físicas y geográficas como áreas de un mapa, horas de concentración, registro fotográfico y medición por densidad y aglomeración de gente.
Son dos más dos y el resultado no es 9 ni 3 dependiendo del medio de comunicación que veas.
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