La magia de Enrique Enríquez
Posted by Luis Carlos Díaz | Posted in Ciudadanía, Humor, Venezuela | Posted on 08-05-2007
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Admiré a Enrique Enríquez desde que lo escuchaba en la radio con su arte sonoro y visual a cuestas. Cuando El show de la gente bella era el mejor programa de radio del mundo para un chamo de 13 o 14 años que vivía fuera de Caracas. Fue Enrique la llave al aire de Fermín Cimadevilla, otro de esos grandes creadores venezolanos que hoy vive en el exterior, y Roberto Echeto, que aún hace de las suyas por estos lares.
Es Enrique un cuentista, un mago de palabras, un seductor de revelaciones y juegos de la mente. El encantamiento hecho verbo o propuesta plástica. Bocas rasgadas junto a Carlos Zerpa. Mono ve, mono hace. Nadie deja pasar un tequeño. Con el diablo en las manos, se sumergió en la laguna de lo maravilloso para mostrarnos esa aura de sospechosa espiritualidad que convive con nosotros, los seres tropicales.
Yo no uso Pirelli, le pintó alguna vez a un caballito de madera en la exposición de museo financiada por la fabricante de cauchos. Es un soñador. Un jodedor. Y me quedo corto.
Gracias a Internet lo reencuentro cada tantos meses, haciendo de las suyas. Ingeniándose alguna manera de sacar sombreros de los conejos.
Allí estuvo en Nuevo York, cuando el entrañable loquesea.com era un portal que se iba a comer el mundo antes de la crisis de los punto com. Enríquez y un equipo produjeron algunas series de dibujos animados en flash absolutamente hilarantes. Nostálgicas ya. Vaya a saber cómo las consigo hoy día en la era post-google.
Fue el mismo Enrique, hermano de tinta de Roberto Echeto, al que conocí en la Sala Mendoza en su exposición Circo, la mañana en la que subí a Caracas a presentar la prueba de admisión de la Universidad. Me fui luego sin desayunar pero con las mudas caricaturas en la cabeza y aprobé sin mayor trauma. Ese pana silencioso sigue en la red:
Pueden ver las chispas que desarrolla a partir de las fotos que le envíen.
Y sus inventos textuales que nos brinda en cada revisita a su morada.
Si lo ven por allí, avísenle que tiene un lector.

