El monstruo anda suelto
Posted by LuisCarlos Díaz | Posted in Venezuela, Violencia | Posted on 03-08-2008
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Es noche de sábado y el edificio donde vivo, en la avenida Libertador de Caracas, está callado. Es un silencio anormal que sólo se entiende si usted hubiese visto los vidrios rotos y las piedras esta mañana. Ayer viernes fue la noche del monstruo, la noche en la que un enfrentamiento de clases construyó este débil muro de silencio que no sabemos hasta cuándo nos va a durar. Ayer hubo violencia, hoy sólo una paz falsa. De aquel ruido quedaron estos pedazos de pelea y turba por los suelos.
Vivimos al lado de un barrio. La residencia está junto a un callejón donde viven familias, se esconden algunos carteristas y asaltantes de la avenida Libertador y donde indefectiblemente se escucha música a volumen demencial cada fin de semana, día feriado o cuando algún evento convierte al barrio en fiesta. Anoche viernes no fue distinto. A las 8 nuestros vecinos del barrio escucharon a Oscar D’Leon, el set siguió con Lavoe a las 9, pero luego a las 10 la cosa empezó a declinar en calidad hacia el reggaeton mientras aumentaban el volumen y la vibración de sus bajos y nuestras ventanas. Como si el ruido fuese vital para vengar la semana.
En algunos intermedios se escuchaban los “cállense” de mis vecinos, los shhh y los ya basta. Antes de las 11 nos encerramos tras varias puertas, cortinas y pasillos, como hace la gente refugiada cuando quiere descansar y ver una película sin que le tiemble la casa con el deseo de destrucción sonora de un vecino negligente, como en efecto ocurría.
Cerca de la medianoche el ruido cambió. Del bajo retumbante a golpes de reja. El monstruo exigía una satisfacción. Era en la entrada de nuestro edificio y cargó con vidrios, lámparas y portones. Fue la “comunidad organizada” del barrio de al lado que venía a hacer una “demostración de fuerza”, como ellos mismos dijeron a los guardias de seguridad mientras los hacían correr a pedradas y se metían al conjunto residencial. Al parecer uno de los vecinos de mi edificio o de la torre de junto no aguantó más la mierda del tuqui tuqui y les lanzó algo a la callejuela donde sólo una páreja y tres cerveceros estaban bailando y seguían gritando a toda garganta para desgracia de la cuadra entera. Lo que sea que haya lanzado no cayó sobre nadie (afortunadamente) ni reventó el techo de alguna casa, sólo fue el detonante para que más de 30 personas, amas de casa, niños y cerveceros que se sentían afectados, vinieran a destrozar la garita de seguridad, astillar parabrisas de vehículos, cargarse todas las lámparas de la entrada, dañar la reja de entrada, tirar piedras al primer piso y “mostrar lo que eran capaces de hacer”. Ahí tienes tu poder popular y tus enfrentamientos contra “el Este sifrino caraqueño”, rependejo.
Bajo la amenaza de que podía ser peor, pasado un rato llegó la Policía de Chacao e intentó mediar en la discusión en la que ninguna parte tenía razón. Vivimos en una zona limítrofe entre dos municipios y por lo general sólo los pateamendigos de PoliChacao (esa tampoco se me olvida, sargento) responden a algún llamado de la justicia que se hace por aquí.
A como lo ve mi ojo pesimista, el escenario es una mierda. El monstruo de la intolerancia mutua y la falta de institucionalidad para mediar conflictos anda suelto. La gente del barrio no entendió que no puede hacer ruido, y además aprendió que se puede salir impune de un acto vandálico de masas contra la propiedad privada “de un cochino edificio clase media”. Y además no sé si el imbécil de mi vecino (que no sabemos quién es, pero su piedra fue el gatillo) entendió que pese a todo el hastío y el basta ya que le causó la bulla, no puede ejecutar una acción violenta como medida para resolver las cosas. El primer impulso es aplaudirlo como el reivindicador de la tranquilidad vecinal que muchos queríamos el viernes por la noche, incluso recomendar la técnica de mi pueblo, que es tirar hielo porque al final se derrite y así desaparece el objeto contundente. Pero en segundo vistazo ya vimos lo que puede ocurrir cuando te metes con gente que no tiene nada qué perder en un enfrentamiento. Menos cuando “te tienen ganas”. De la policía olvídense, esos siempre llegan tarde a recoger víctimas y declaraciones. Del respeto hacia el otro y las normas para ser medianamente gente es que nos repatea el hígado al hablar sobre el monstruo en su escondrijo agazapado hasta la próxima pedrada. Es como el motorizado que saca una cabilla y le destroza el vehículo al desafortunado que le haya tocado la moto en nuestro tráfico del caos. Como los linchamientos que son vistos como “justicia social” por los predicadores del ajusticiamiento.
La violencia cotidiana nos está jodiendo sin diques para controlarla. La amenaza para el edificio ha sido invocada. Esta mañana se pudo limpiar rápido el desastre y poner cartones donde antes había vidrios, pero no sé si nuestros condominios puedan reunirse con los líderes de la comunidad vecina. Por alguna vía debe canalizarse este conflicto, este silencio maldito de sábado por la noche.


Anarquia e impunidad es el nombre del juego, somos victimas de un resentimiento social brutal aupado desde el poder con la única intención de crear terror entre sus principales detractores, la clase media, asuntos tan sencillos como la historia que cuentas son los que se convierten en tragedia de un segundo a otro, que Dios nos ampare, saludos!!!
La pérdida de los valores es cada día más evidente, y esto en definitiva es muestra de eso. Nos hemos convertido en una sociedad intolerante, que pretende resolverlo todo a punta de puñetazos. Nadie vela por el cumplimiento de las leyes porque ojo: existen ordenanzas que regulan el ruido, más pasadas ciertas horas de la noche, pero no hay quién las haga cumplir. En fin: vivimos en la selva de concreto de aquella famosa canción.
vives en sans souci?