Los cuentos de cuando no había zapatos
Posted by Luis Carlos Díaz | Posted in Hoguera digital | Posted on 18-01-2012
1
Había una época, hace más de 10 mil años, en la que los humanos vivían con la sensación real de la superficie del planeta porque caminaban descalzos. Le regalaban a sus pies el placer de caminar sobre guijarros, plantas, desechos animales, arenas, zonas frías y desiertos en brasas. Seguro era una delicia. No lo sabremos. Por más descalzos que andemos por la casa y las playas, ya las plantas de nuestros pies se han acostumbrado, casi genéticamente, al uso de zapatos.
Tantos siglos de sandalias rupestres, cueros de animales y suelas de madera hicieron que nuestra piel del sur fuese perdiendo su sensibilidad ancestral. Al día de hoy no somos, ni de cerca, igual de táctiles en el terreno que nuestros antepasados. ¡Qué envidia!
Si al párrafo anterior le agregáramos que el descubrimiento lo hizo alguna Universidad extrajera y que para ello se tomaron muestras de plantas de pie con carbono 14 para determinarlo, más de uno se tragaría la sandez. Pero afortunadamente no es así. Más bien el calzado nos ha legado unos pies menos callosos y ampollados que el de nuestros antepasados cavernícolas e incluso nos ha permitido desarrollar tareas que de otra manera hubiesen sido imposibles, como dominar territorios agrestes para el cuerpo humano.
La misma figura la podemos usar para tecnologías innovadoras como el vestido. Se podrían escribir ensayos sobre toda la sensibilidad en la piel que ha perdido la humanidad respecto al clima ambiental desde que los descendientes de Adán y Eva decidieron ponerse algo menos inútil que una hoja de parra. Incluso podríamos aventurar que ese uso continuo de ropas hizo que en la actualidad nuestra especie no tuviese vello corporal, porque desde que se inventó la calefacción no hace falta tener pelos en los brazos.
Eso es, claramente, otra tontería que se rebate a simple vista, y que sólo luce algo verosímil cuando vemos que los pueblos tradicionalmente más ecuatoriales tienen menos pelambre que los de tierras con cuatro estaciones, pero es una adaptación de muy larga data a la que nada afectan las invenciones recientes.
En eso la tecnología sigue siendo una incomprendida recién llegada a la que se le teme. Hace meses se publicó un estudio en la Revista Science que fue recibido con beneplácito por los agoreros de Internet porque decía que su uso podía afectar la memoria. Es decir, que como la gente se apoyaba en los registros de información almacenados en una plataforma digital, entonces su cerebro se esforzaba menos en memorizarlo. A eso los nuevos inquisidores le agregaron que de seguir la tendencia, el humano se volvería más estúpido y dependiente de las máquinas.
También le han llamado “Efecto Google” y quiere invocar la premisa de que pronto no habrá educación si la gente aprende que las cosas están en Internet y por lo tanto no se deberían memorizarlas.
Suena sencillo. Pueden hacerle corta y pega a la idea y en consecuencia obligar a que los chicos de todo el sistema escolar vuelvan a hacer tareas a lápiz y en una biblioteca… o esperen, ya eso se está obligando a rehacer en algunas escuelas con maestros formados con métodos del siglo XIX.
Mejor nos vamos por lo complejo para descubrir que no es una cuestión nueva. Ya hubo críticas a los soportes de información cuando se debatía entre la cultura oral y el registro de la obra. Es quizás la distancia que hay entre Sócrates y Platón. Ambos imprescindibles, pero que sólo serían olvido si su legado no se hubiese asentado en alguna parte, por escrito.
El mismo temor hubo con la creación de la imprenta y posteriormente con el desarrollo de las enciclopedias: La premisa era que si el conocimiento podía estar contenido en una pila de papeles fuera del cerebro, la gente no se molestaría en imbuirse en ellos. Por eso la escuela, como la conocemos, guarda su estructura de lecto-escritura acompañada por un maestro que dicta.
Internet, en cambio, es el caos donde el individuo se traza su propia ruta de consumo de contenidos, y por lo tanto sus experiencias lectoras y de cultivo del conocimiento.
Volviendo a los libros, fue Jorge Luis Borges quien los alabó en un discurso de 1978 diciendo:
“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
Como objeto, el libro sigue siendo mágico e insustituible. Pero como plataforma, Internet es capaz de contener el espíritu del libro, aunque parezca diluido, y también la interacción humana en una innovadora estructura social: la red.
Es obvio que la memoria debe seguirse ejercitando, y es sumamente obvio que las investigaciones de Harvard o el efecto Google hayan detectado que cuando la gente sabía que una información no iba a quedar archivada en el sistema, se estimulaba su memorización. Es simple supervivencia.
La gente no se memoriza todos los números teléfonicos de sus contactos porque para eso el celular tiene un registro, pero sí recuerda tres o cuatro importantes para cuando se quede sin baterías o sufra un robo. En ese caso es mejor dedicar el resto de nuestra memoria a un poema o una receta de cocina, pero denostar de los soportes de almacenamiento es poco más que necio.
Decir a estas alturas del juego que Internet afecta la memoria es tan absurdo como negarse a usar una buena cobija en los días de frío, para que la piel desnuda recuerde el clima de los ancestros. Por un lado agarrarán una gripe, y por el otro se perderán del placer de contar con información cada vez más rica y abundante del mundo que vivimos. Está allí, a salto de buscador para convertirse en conocimiento si nos sabemos sumergir en ella sin creer que nos volveremos vegetales.
Internet es tan sólo otra adaptación al entorno para evitar ampollas, paradójicamente, las del olvido y el poder basado en el control de la información. Borges alucinaría en colores.


Me parece que cuando salió este estudio diciendo que la capacidad de memoria bajaba, también salió el dato de que la capacidad de búsqueda aumentaba. Esto es, no memorizamos lo que sabemos que se encuentra en internet, pero somos muy buenos hallando esa informacioon.