Cariño, como a todos los que tienen la desgracia de cruzarse conmigo, te pregunté dónde estuviste durante los sucesos de abril de 2002 y me respondiste como nadie hasta ahora. Esta carta podrá decirlo.
Debo pedirte disculpas, pero mi ausencia por vivir en el interior del país me obliga a reconstruirme en cuentos ajenos las cosas que han marcado a este país, como esa fecha horrible de rupturas, excesos, locuras, gritos y silencios. Tengo atravesados en nudos de la cabeza, corazón y garganta muchas historias de esos días. Sin hacer distingo de colores, partidos ni consignas, he escuchado mil versiones y las llevo recopiladas, como un álbum familiar, hasta encontrar quien pueda narrarlo.
Pero te pregunté y me respondiste como nadie, cariño. Vos estuviste allí, muy cerca del fuego y la sangre… pero también dentro, delante y atrás de ellos. Y no sabes lo que me produjo en los ojos. Me contaste que estabas de un lado, a quién le importa cuál, con el que marchaste y llegaste. Hasta que con la balacera hiciste lo que desde mi distancia deseé hacer con fuerzas: cruzaste líneas para ver desde allá y desde acá lo que ocurría. Cruzaste líneas para comprobar el estado físico de los amigos en ambas trincheras. Cruzaste las líneas de ida y vuelta porque tejes y tejes fino, porque bordas una bandera hermosa por la que nadie se peleará. Esas líneas que algunos ven como murallas y nosotros vemos como cuerda floja donde se equilibran tensiones.
Soy un extraño romántico, lo siento. Me tembló el pulso reconocer una marca identificatoria. La seña para no ser tocada por las balas, las sospechas o las peinillas fueron las rayas de labial rojo en las mejillas, un detalle que en cuatro años de recopilación nadie me había relatado. Quizá porque sólo he hablado con gente que cree pertenecer a un solo lado del conflicto, gente que cree que sólo hay una manera de ver y sentir al país. Vos fuiste más allá. Y tus mejillas que hoy adoro en todos sus colores, se pintaron para jugar a la complejidad que ahora nos agobia y nos apasiona.
En ese momento no temblé realmente pensándote, sino algunas madrugadas después cuando revisaba fotos y videos sobre ese día. Vi con más detalles las 19 muertes de chavistas y opositores derribados por francotiradores que aún siguen libres. Luego, para acentuar el horror, reparé en dos chicos brillantes de sudor contando entre boqueos cómo le zumbó el plomo de cerca. Ambos tenían rayas de labial en el rostro. Fue allí que me estremecí con el poco miedo que en ocasiones me aborda. Corriste el riesgo de cruzar barreras y ganaste una carrera contra la incomprensión que nos divide en buenos y malos.
Tal vez sea retorcido o esté lejos de la razón, pero me reenamoré de vos y me hiciste mucha más falta, aunque no te conociera entonces. Lo reviví desde tu presencia. Me desviví por vos.
Por eso espero que llegue a su doble destino esta carta de amor a tus marcas de labial, porque sin ellas quién sabe si hubiese conocido tus labios hoy, el mejor refugio para la paz del inquieto. Es inevitable esta correspondencia. Amarte es más fuerte que un golpe de Estado o un vacío de poder.
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pd: hoy y mañana, los dos candidatos que creen imposible su derrota estarán concentrando gente en Caracas para sus cierres de campaña. Sé que estarás en ambos, así que ten mucho cuidado y sigue recogiendo cuentos. Aléjate de las cifras infladas que dirán “quien la tiene más grande” y cree en la existencia del gentío. ¿Quieres saber qué piensa José Ignacio Cabrujas de las elecciones? Mañana domingo por aquí.
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