Kapuscinski: “Manipulación, superficialidad e ignorancia son los males del periodismo”
Invitado para dictar un taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, el escritor polaco, considerado el reportero del siglo, respondió algunas preguntas de quienes fueron sus discípulos durante cuatro días
Un estudiante universitario le preguntó de qué manera el periodismo puede ayudar a la reconciliación de actores enfrentados. Quienes estaban en el auditorio Antonio José de Sucre de la Corporación Andina de Fomento, en Altamira, Caracas, aguardaban por la respuesta de Ryszard Kapuscinski. Querían saber lo que diría ese hombre con lentes y cabello encanecido, poco afecto a dar respuestas definitivas a cualquier cuestión. Deseaban escucharlo, porque ha sido el cronista que los ha dejado boquiabiertos con obras como El Emperador, La Guerra del Fútbol, El Sha, El Imperio y Ébano, en las que se han retratado hombres notables y seres anónimos de incontables guerras y revoluciones de África, Asia y América Latina. Kapuscinsky, polaco de 71 años de edad, le contestó al joven mientras los presentes guardaban silencio. Le dijo que en un sentido directo el periodismo no ayuda a nada, aunque es necesario escribir sin odios, sin crear tensiones, sin retratar a los otros como a demonios y conociendo en profundidad los motivos y las sinrazones de cada conflicto.
Las palabras del maestro quedaron gravitando como suele suceder cuando alguien nos ha dado cariñosamente una lección. Y esa atmósfera que se respiró durante la conferencia del miércoles en la noche, se reprodujo a escala entre el lunes y el jueves mientras Kapuscinsky dictó a 20 periodistas de América Latina el taller sobre migraciones y fronteras organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano [de Gabriel García Márquez] con el apoyo de la CAF.
Antes de concluirlo, contestó a sus alumnos varias de las preguntas que éstos siempre quisieron hacerle. Kapuscinsky, sobreviviente de la malaria, de la tuberculosis, de la picada de un escorpión, del asedio de una cobra y de un fusilamiento que era inminente, escribe poesía. Kapuscinsky, el corresponsal que ha hecho de los viajes su medio natural, tiene esposa, una hija y un nieto. Escribe a mano en un estudio de su residencia ubicada en Varsovia. Cuando le pidieron hacer un diagnóstico sobre los males que aquejan actualmente al periodismo, no tardó en dar su opinión: “la superficialidad, la ignorancia y manipulación. Ésta a veces es enorme y en ocasiones no estamos conscientes de que padecemos esa enfermedad”, dijo el reportero y escritor.
Kapuscinski es un convencido cultor del nuevo periodismo, que se apoya en los hallazgos de la literatura de ficción. “¿Cómo puede describirse el color del cielo o el olor de un jardín perfumado?”, se preguntó. En el futuro visualiza que el género del reportaje mutará a formas de ensayo combinadas con los elementos sensoriales de la crónica. A sus discípulos recomienda lectura permanente: “Cada libro es una escuela por la que debemos pasar. Hay que leer para comprender cuál fue el taller (técnica) que usó un autor para crear una determinada sensación. Esas páginas hay que releerlas y estudiarlas. Es un proceso duro y penoso”.
En la actualidad escribe un libro sobre América Latina. No se atreve a adelantar algo sobre su contenido. “Cuando comienzo una obra no tengo idea de lo que voy a escribir, y cuando termino tampoco sé qué quedó escrito”, contesta con desparpajo. Dispone de colecciones bibliográficas y documentales -organizadas por temas- que engrosa de manera permanente con nuevos títulos, anotaciones y fichas. Asegura, sin embargo, que su memoria es el más eficaz de los archivos que usa para trabajar. Invoca una regla fija para situarse frente a un tema: “Tengo que saber 10 veces más de lo que queda escrito en el libro, esa es la única forma de que la prosa tenga verdadera solidez”.
Kapuscinski se dedica cada vez más a los libros y menos a los reportajes y a las crónicas para la prensa. “Por muchos años hice artículos como periodista, pero no sabía cómo escribir el libro. Pero en un momento vino la idea. Entonces uno visualiza la arquitectura de la obra como una catedral (…) El libro importante, el que se queda, el que es reeditado y traducido, necesita algunos años antes que venga la idea, antes de que madure y antes de que se tome la decisión”. Kapuscinski admite que vive una situación de “enorme crisis e incertidumbre” antes de comenzar cada nuevo libro. “Cuando se empieza uno no sabe si escogió un buen camino, puedes llegar a la mitad y advertir que es malo. Esa es una situación trágica. Mientras se escribe, todo el tiempo se vive una enorme tensión, un enorme estado de miedo, es la sensación de un animal tapado en una jaula. Cuando el libro sale más o menos bueno se siente al mismo tiempo un gran alivio y una gran frustración. Cada libro es una derrota, porque el resultado está muy lejos de lo que pensábamos hacer”. El acto de escribir lo considera contradictorio al de viajar. Por ello habla de que, en cierta manera, vive una doble vida. “El tipo de literatura que hago requiere de una enorme concentración. Exige encontrar un ritmo propio, lo cual es muy penoso. Los viajes sirven para juntar cosas y eso supone una concentración distinta”. Kapuscinski se fue de Caracas después de volver a dar una gran lección.
Publicado en el diario El Nacional. 30 abril de 2004.

