Posted by Luis Carlos Díaz | Posted in Periodismo | Posted on 06-02-2012
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Mandan cadenas, firman un papel y lo pasan, piden insistentemente que le hagas un RT en Twitter, te amenazan con que pongas algo en tu muro si tienes corazón y creen que un trending topic va a sacar a alguien de la cárcel. Pero si hay un acto público no llegan. Es el fulano activismo desde el sofá, el comodín de los flojos, la fiereza combativa que no cederá un centímetro… detrás del blackberry. Es una oda al desgaste de la calle como espacio para la exigencia de derechos.
Son tiempos digitales en los que migran las cosas a plataformas móviles. Es más fácil atender la realidad en una pestaña del teléfono, pero se cree que es posible transformarla a control remoto. Sin embargo los inicios del “slacktivism”, o el activismo vago, denotaban más bien las acciones de pequeña escala que satisfacían al individuo pero en realidad no cambiaban gran cosa, como plantar un árbol o recoger la basura de una calle. Eran movilizaciones pequeñas que también tenían el cariz positivo del que prefiere actuar así antes de estar en un enfrentamiento directo contra las autoridades.
Ya dedicamos una columna titulada “¿Quién es Anonymous?” sobre el colectivo digital de ciberprotestas que se ha pronunciado en distintos países para mostrar su rechazo a algunas acciones de estados tiránicos (al día de hoy, casi todos).
Un movimiento con ese nombre significa que es humo: cualquiera de ustedes puede pertenecer a él, no tiene centro ni líder ni militancia ideológica clara, salvo la transparencia gubernamental, la neutralidad de Internet y la libertad en sus espacios.
Si cualquier persona puede autodenominarse Anonymous, hacer un video y subirlo a la web, entonces las amenazas no tienen valor hasta que no haya masa crítica (gente sumada) y no haya una acción (el anuncio firme de un ataque contra una página en algún momento).
De las formas de protesta que poseen, la “PaperStorm” (tormenta de papel), que consiste en lanzar panfletos y pegar volantes en las paredes, es la más torpe e inútil para un contexto como el venezolano.
Claro que un Estado como el nuestro: opaco, poco amigo del disenso y con infraestructura digital débil, reúne las condiciones para recibir un ataque de Anonymous, pero el contexto polarizado daña todo intento por ser neutros en el reclamo.
Finalmente, Anonymous no puede ser calificado como ciberterrorismo porque no busca causar estragos en la infraestructura petrolera, el sistema eléctrico o el Metro. Esos se dañan solos. Debe verse más como una ciberprotesta y por ese motivo, su criminalización local sólo radicalizaría aún más al movimiento y sí le daría razones para un ataque global.
¿Qué pasa en Venezuela que de pronto nos metimos a respondones? Los sucesivos retrocesos del Gobierno en materia política hacen pensar que ellos se están viendo peor de lo que los ve uno en encuestas y mediciones. O que se trata de una nueva táctica/estrategia milico – esquizo – revolucionaria para confundirnos a todos, pero sobre todo a su propia militancia.